Son las 13:45, recién salgo de bañarme.
Bajo las persianas y cierro con llave la puerta.
En el kiosco que está enfrente a casa
compro un jugo y un sandwich de miga.
Camino dos cuadras comiendo mi sandwich
y tomo de a sorbos mi jugo "Baggio" de manzana.
Tiro un bollo de papel en un cantero.
Al cruzar la calle le hago señas a un taxi.
Me subo saludo al chofer de manera cordial
y le pido que me lleve a la terminal de colectivos.
Me comenta del calor
a lo que yo le digo que quema.
El agrega que "No corre ni una brisita"
y el pronóstico era 24º
pero a mi me parece que hace como 30º.
Me quedo callado y miro el río.
Bajo en la terminal,
alguien me abre la puerta del taxi
y le doy 0,50 centavos.
Subo varios escalones
y voy a sacar el pasaje
rogando tener suerte.
Pregunto a que hora sale el próximo
colectivo a Rosario.
-A las 14:30 horas.
¿Que horas es?
Las 14:15.
-Bueno, dame uno.
Antes de irme dice
que sale de la plataforma 6 a 14.
Le doy las gracias.
Subo más escaleras.
Espero un par de minutos.
Aparece el colectivo
y entra en la plataforma 12.
Me acerco igual que unos pocos.
No llevo equipaje.
Sólo la mochila beige
que me acompaña
cada vez que hago un viaje.
-Su butaca es la 8, es arriba - me dice el chofer.
Subo, me inclino y busco el número.
Lo encuentro, me siento y me acomodo un poco.
Comienzan a pasar hombres, mujeres y niños
con sus bolsos entre pequeñas risotadas.
Un reloj de números inmensos marca las 14:30.
Siguen ingresando pasajeros.
Unos pocos se sirven del horrible café de máquina
que te retuerce las tripas.
Una joven mujer con sus ojos claros me indica
que su butaca es la 9, cruzamos un par de palabras
y se sienta a mi lado.
Leo un capítulo de un libro
que empecé a leer anoche.
Es la bografía de Chet Baker.
Mi cantante favorito de jazz.
Miro al costado
y ella enciende su reproductor de mp3
y se pone unos lentes para sol
y mira con sus ojos perdidos
en los campos amarillos
y el inmenso cielo despejado.
De repente miro hacia el otro lado
y observo como los árboles
desaparecen a gran velocidad.
Los carteles verdes que indican a que distancia
se encuentran los pueblos me dan esperanza.
Los puentes parecen más chicos desde el piso de arriba.
Los puestos de peaje detienen la marcha de los autos
y el camino se transforma
en una cámara lenta que no avanza.
El monitor muestra una película fea.
Veo molinos que giran más fuerte que el viento.
Una garita vacía lleva la publicidad
de una casa de pesca
que se llama "El Faisán dorado".
Los cientos de metros de cable
que llevan electricidad
sostienen los pesados postes podridos de madera.
Cierro los ojos,
es largo el viaje,
quiero dormir.